La novela, bajo el imán de Lupe Marín y Diego Rivera, ilumina los años locos mexicanos. El asesinato de presidente Álvaro Obregón (seis tiros a quemarropa), la ilusión del comunismo, la muerte de Trotsky. Los Orozco, Siqueiros, Villaurrutia, Modotti, Revueltas, Cartier-Bresson, Gorostiza… En la reconstrucción de ese paraíso perdido, Poniatowska hace sentir el cuchillo de su prosa. Nadie escapa. No hay personajes limpios. Entre los aromas de vainilla y la exuberancia del crisol mexicano, la autora deja correr un río oscuro. La propia protagonista emerge primitiva, visceral, cargada de odio. “Lupe era capaz de destruir”, indica la escritora.
Lupe Marín fue una figura única que quedó diluida bajo el fulgor de su sucesora, Frida
Cuatro años duró el matrimonio entre Rivera y Marín. Tuvieron dos hijas. Los celos, los engaños del pintor y, posiblemente, las limitaciones intelectuales de Lupe apagaron la pasión. Pero no la admiración de ella por el genial muralista (1886-1957). Durante décadas le seguiría, aunque no sin odio.
Frida Kahlo fue el primero. Marín denigró a su sucesora, la artista del vientre desecho y la columna quebrada. Este rencor tiene una escena en la novela. 21 de agosto de 1929. En la boda de Kahlo y Rivera, Lupe, fuera de sí, consumida por la envidia, se lanza hacia la novia, levanta su enagua y grita ante todos los invitados: “Miren, miren por qué par de piernas me cambió Diego Rivera”. Ese alacrán es Lupe Marín.
Frida se lo perdonó y la dejó entrar en la vida de la pareja. Sin odio, muy por encima. Poniatowska lo explica: “Diego compartía con Frida una relación pasional que jamás tuvo con Lupe, porque Frida se le ofrendaba cada día. Frida vivía y pintaba para él. Lupe nunca lo amó de esa forma. Nunca entró en el misterio de Diego”.
Traición y soledad
Lupe Marín buscó otros amores. Su segundo matrimonio fue con el poeta y químico Jorge Cuesta (1903-1942). Un estallido de pasión al que siguió el desprecio. “Lupe nunca dejó de compararlo con Rivera”. Bajo el peso del menosprecio, la relación se rompió en pocos años. Y el enciclopédico y torturado autor de Canto a un dios mineral inició su deriva. Su caída marca el punto culminante de la novela. Intoxicado por las drogas que él mismo fabricaba, el poeta enloquece. Intenta reventarse los testículos con un picahielos, vive en un torbellino persecutorio. Lupe, como un reptil, le habla al médico de sus presuntos incestos, sus aberraciones sexuales, su homosexualidad reprimida. Cuesta, afeitado y limpio, se ahorca en el manicomio. En este pozo negro chapotea a gusto el personaje. “Lupe traiciona a Cuesta”, zanja Poniatowska.
Lupe nunca lo amó de esa forma. Nunca entró en el misterio de Diego”
ELENA PONIATOWSKA
Novela o verdad, el retrato es implacable. El resto es decadencia. Lupe muere pudorosa pero distante, abrazada a su nieto menos querido. Es 1983 y ya nadie la recuerda.
“Lupe es un personaje dostoyevskiano, que sigue sus impulsos. Puede matar a sus hijos y salvar a sus nietos”, concluye la autora. Su voz suena cercana. Está sentada de espaldas a un pequeño jardín de plantas salvajes. El sol de México ilumina sus cabellos blancos. Aunque esté triste, sonríe.
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